Trabajando la neurona

Divagaciones de una mente humana

Mes: abril, 2012

Scabbers

Abrí los ojos y pegué un salto. Me tiré de la cama y me fui al baño corriendo. A la vuelta miré el reloj, pensando que llegaba tarde y que me había dormido. Marcaban las 5:00h. Después de llamarme de todo y de sentirme frustrada por no aprovechar las poquitas horas de sueño de las que puedo disfrutar, volví a enfadarme conmigo misma. Me había ocurrido otra vez. Una vez más desde hace exactamente dos años.

Me metí de nuevo en la cama y sin llegar a dormirme me quedé con el gusto del duermevela, dando vueltas a circunstancias y situaciones. Como dice mi madre “vamos a arreglar el mundo un ratín”. Me puse la música, pretendiendo distraerme y evitando pensar (sí, aunque parezca mentira en algunas ocasiones lo intento…). Sonaron un puñado de alegrías, esas melodías que te cargan las pilas y hacen que aún estando metida en la cama intentes bailar, aunque sólo sea moviendo los pies y las manos , haciendo que cantas (porque no me voy a poner a grito pelado a esas horas, si así fuera muchos entenderían la lluvia de esta mañana). En ese momento en el que te encuentras totalmente motivada y decides que hoy va a ser diferente, que hoy va a ser un gran día, que hoy va a ser tu día… Suena el despertador. En ese momento sentí como si me arrancaran las uñas de los pies y me echaran sal en las heridas. El estómago se me hace una bola imposible de digerir, que no tengo claro cómo llegó hasta ahí, pero tampoco como narices piensa salir… Con la pesadumbre sobre mis hombros (y sobre mis pies, y sobre mis manos, y sobre mis párpados…) me arrastro a la cocina cual zombie digna de película americana, con pretensión de hacerme un desayuno fiel a mi ánimo –o supuesto ánimo- infundado por mis reflexiones. Acaba por quedarse en un té sin azúcar apenas y una tostada de aceite. Sano y poco trabajoso para la falta de fuerza matutina. Sin apenas poder despegar los ojos, me subí en la moto camino al trabajo.

Un día de dimes y diretes, con sus momentazos intocables en los que los cables hacen un chispazo en el cerebro y las manos entran automáticamente en los bolsillos por no empezar a volar por la habitación a palma abierta. También, hay que decirlo, tenemos de esos otros momentos, en los que una sonrisa te arranca otra. Recién salida del trabajo y con la terea finiquitada, con ese saborcillo que se te queda después de una onza de chocolate, que tu boca saliva esperando más. Me voy sabiendo que estoy contenta con lo que hago –no nombremos para quién ni cómo, que estoy muy feliz así-. Y me fui a recoger mi última adquisición, después de tanto tiempo pelearla…

Entré por la puerta del concesionario sintiéndome invencible, sonriendo de oreja a oreja por la sensación de haber logrado una vez más mi meta y procedí a cogerla. Después de subirme en ella me entró un gusanillo por el estómago. Es mía –más correcto sería decir que del banco, pero mía-. El día nublado y lloroso, con el suelo resbaladizo y el trafico a todo tren por las horas, se convirtió en un gran gustazo a disfrutar y decidí darme un largo paseo. Me metí en la autovía y la probé dándole gas. Música para mis oídos.

Sin haber acabado de disfrutar aún de ese momento, me descubro ya pensando en mi siguiente meta, la cual me estoy trabajando y que sé que pronto tendré más al alcance de mis teclas.

Ya os iré contando…

¡Besinos de chocolate!

Alter Ego

Cuando extendió la mano y cogió la pluma, una descarga eléctrica, cargada de energía y de inspiración sacudió su brazo hasta la base del cuello. Cerró los ojos y apoyó la punta sobre la cuartilla empezando a deslizarla como en un trance literario.

Describió la escena; una lúgubre mansión en la que dos candelabros, de tres velas cada uno, situados en lugares opuestos de la estancia, apenas hacían sombra a los muebles. La ventana del fondo dejaba pasar el viento silbante a través del cristal roto y hacía bailar a las llamas al son de su canción. El cuerpo fue arrastrando sus maltratados pies hasta un viejo sofá colmado de polvo y se dejó caer a peso muerto. Sus carnes temblaron por el estrincón sufrido y se vieron como jirones de tela desgarrada por el tiempo. Una mano temblorosa se acercó a la copa de coñac que reposaba en la mesilla, y al alzarla pudo apreciarse sutilmente la capa de grasa que cubría el cristal. Esa copa no había olido el agua en años luz.

Las cuencas de los ojos, casi vacías por las horas en las que se habían escondido entre lineas de libros con letra pequeña, y secas de las lágrimas derramadas por la falta de higiene y lubricación, debido al esfuerzo, se quedaron fijas observando a la nada que situaban en el horizonte de la habitación. Los labios, humedecidos por el alcohol, no recuperaron su tersa textura de antaño después de estar tantos años sin despegarse ni sonreír.

Levantó la vista y releyó las lineas escritas observando las palabras salidas de su pluma y no de su mente. El escritor poseyó a la persona haciéndose con el control de sus instintos. Este comenzó a sentir el miedo de no poder controlarse así mismo y no poder controlar lo que creaba. Quiso posar la pluma y encerrar así al neurótico en una parte de su ser, pero éste le controlaba. Partió la pluma por la mitad, deseando que al romper el canal se acabaran las manifestaciones de su demonio. Pero no fue así.

Dejó encerrado dentro de su cuerpo y de su mente al ser que durante tantos años había cultivado y hecho crecer, y quitándole su ego y su poder hacer, le había dejado en bandeja el control de su propio cuerpo.

Nunca más volvió a ser él, pasó a firmar como J.L.M durante el resto de su vida.

Besinos de chocolate.

Un amor, sólo de dos

Dio un paso al frente y se presentó con palabra firme y un pequeño gesto de cabeza transmitiendo gusto de hacerlo. Ella respondió sosteniéndole la mirada y con sonrisa cautivadora. La había visto en otra ocasión, hacía ya varios años y desde entonces le había seguido la pista de evento en evento. Sabía dónde vivía, cuál era su círculo de amistades y a qué familia correspondía, por desgracia. Éste último apunte era debido a que su diferencia de estatus no hacía posible un trato más allá de un saludo cordial y una conversación amable. Pese a que Brian sentía otras necesidades.

Estuvieron hablando un largo rato sobre las aficiones de cada uno. Ella amaba leer, y él se dedicaba a escribir. Este punto hizo que ella se interesara en su obra y en los aspectos que trataba en sus ensayos.

El hecho de tenerla cerca, que ella quisiera profundizar en su trabajo y en su arte le hizo hincharse de orgullo. Cuando llegó la hora de la despedida, él tomó la mano de ella y la besó con delicadeza y respeto, a lo que ella respondió con una cálida sonrisa.

 

Meses después volvieron a encontrarse, esta vez en un círculo más íntimo y sin tantos espectadores esperando jactarse de todo. Brian sacó de su bolsillo un ejemplar del libro editado en el que había trabajado sin descanso para poder tenerlo listo a tiempo, y se lo cedió a Sara. Ella se quedó sorprendida de verlo allí y aún más de que le entregara dicha obra. En la conversación que habían tenido tiempo atrás él le había comentado que solía escribir pequeños ensayos, pero ella siempre se decantaba por novelas en las que saborear más a fondo la historia y los personajes.

Brian había portado su pequeño tesoro durante largo tiempo en el bolsillo interior de su chaqueta, anhelando el momento.

 

Hubo un instante en el que sin necesidad de cruzar palabra ambos entendieron. Ella alegó retirarse al excusado y él salió por la puerta opuesta, rodeando el edificio. Ambos se encontraron en los jardines del otro lado del lago.

 

Por un noche, apenas unas horas durante la oscuridad, serían Brian y Sara, sin más.

 

Se contaron sus secretos sin posibilidad de penitencias futuras. Se confesaron palabras y sentimientos. Eran un hombre y una mujer compartiendo un momento de intimidad, sin clases ni riquezas.

Ambos estaban prendidos el uno del otro desde el primer momento que se vieron. Ambos eran conscientes de que pertenecían a dos mundos incompatibles. Ambos sabían que lo suyo sólo era posible en momentos de ensueño, en escapadas como la de aquella noche en la que sólo estaban él y ella.

Soñaron con la posibilidad de fugarse e irse lejos, pero él estaba comprometido con su trabajo y ella con otro hombre.

Se tomaron de la mano y compartieron miradas. El acercamiento entre ambos iba en aumento a la par que crecian los sentimientos. Brian acarició la mejilla de Sara y se acercó lentamente entregándose al ritmo de las palpitaciones de su desbocado corazón. El contacto con la calidez sus labios le hizo estremecerse y ella se dio cuenta. El juego del compartir y del sentir siguió su curso en la inmensidad y el secretismo del paisaje siendo conscientes únicamente ellos dos. Los demás seguían en el salón, bailando y conversando como una noche cualquiera. Para ellos dos siempre sería la noche especial.

Horas después, mientras permanecían abrazados, tapados con su propia ropa, rezaron para que el tiempo se parara y el resto del mundo los olvidara. Vieron a lo lejos algunos carruajes partiendo, por lo que comenzaron a vestirse temiendo que alguien los encontrara. La fiesta había terminado.

 

Cuando se despidieron, un último beso y sin querer soltarse de la mano, ambos desearon que pronto llegara el momento de reencontrarse, y sin necesidad de que ninguna palabra acompañara a los gestos, se separaron.

 

Brian se resguardó bajo un árbol y lloró amargamente por un momento que jamás volvería a repetirse. Montó en su caballo y volvió por su camino, a su vida de historias imaginadas, soñando que otra de sus obras ya escritas se convirtiera en realidad.

 

Besinos de chocolate.

 

Y morir, así sin más

Un grito ensordecedor me despertó y sentí como si la cama hubiera desaparecido y me precipitara al vacío. Todo estaba oscuro y aunque esperé unos segundos para que mis ojos se acomodaran a la falta de luz, lo veía todo negro. De pronto, una rendija de la persiana dejó filtrar un intenso rayo de luz, era blanco, como proyectado por un potente foco. Me quedé escuchando y estaba todo en absoluto silencio, ni rastro de la desgarrada garganta que me despertó.

Miré a mi alrededor y seguía sin ver nada mas que el punto blanco al otro lado del cuarto. De pronto este desapareció un instante. Comencé a sentir una profunda respiración al otro lado de la ventana, alguien me estaba observando. Pensé en salir de la cama e ir a ver, pero el pánico me había paralizado.

El nórdico me tapaba hasta la nariz, y pese a estar ya en primavera y notar las gotas de sudor empapándome la espalda, me faltó valor para destaparme. Quise cerrar los ojos y pensar que aquello era un sueño, pero de pronto la respiración dejó de oírse, se paró. Escruté en el incómodo eco de la noche y no conseguí oír nada. Silencio.Otro grito. No era la misma persona que el primero, esta vez era un hombre. Provenía del piso de arriba, por lo que deduje que en anterior podía haber sido mi vecina del A. Los demás pisos están vacíos así que la siguiente era yo. Me quedé observando fijamente el punto de luz. Mientras siguiera viéndolo todo iría bien. 

Una gota de sudor se deslizó por mi frente y apenas me circulaba la sangre por los nudillos debido a la fuerza con la que sujetaba el nórdico. Tenía ganas de gritar, de salir corriendo, de encender la luz, de desaparecer… Pero me faltaban fuerzas para todo ello. El agujero se tapó y la luz desapareció. Un nudo en la garganta me impedía respirar. Seguía observando e intentando escuchar algún ruido, pasos, la respiración o algún signo que me indicara que la muerte se acercaba, pero nada. El nudo seguía apretándome y notaba el calor en mi rostro. Mi pecho empezó a agitarse, intentando coger aire, pero mi garganta estaba cerrada. Abría la boca e intentaba respirar, o gritar, o hacer algo que evitara lo que era inevitable. Empecé a marearme, noté que la cama me daba vueltas y seguía sin tener noticias del asesino. Cerré los ojos, y como último pensamiento me reí de mi misma. 

Había muerto por el miedo a la propia muerte.

Besinos de chocolate.