Trabajando la neurona

Divagaciones de una mente humana

Mes: febrero, 2013

La música

La música es uno de los canales de comunicación que mejor llega a las masas. Yo adoro la música. Es capaz de transportarte a situaciones ya vividas, a muchas imaginadas y como no, a las soñadas.

La melodía, el ritmo, la letra, el momento en el que la escuchas, el estado de ánimo… Muchos son los factores que determinan que una canción te guste más o menos. Pero a todos nos llena la música.

Esa sensación de subidón de energía que da escuchar esa canción que te gusta, con el volumen al máximo y dejarte llevar bailando o cantando, incluso ambas a la vez. Es difícil de describir, pero estoy segura que tu sabes a lo que me refiero.

Confieso que siempre me ha encantado hacer playback en mi habitación, con una botella o un bote de desodorante por micro y dejarme llevar por la música. A mi supuesta edad adulta, aún lo sigo haciendo de vez en cuando, de hecho es un claro síntoma de mi lenta pero clara mejoría.

 

Estoy segura, de que te has puesto los auriculares y te has dejado llevar, yendo en autobús, caminando por la calle, en el súper mientras compras y te has arrancado a “cantar”. Ese cantar que está entre un susurro desafinado y un tartamudeo afónico, que aún no sabiéndote la canción entera te has sentido como si fueras la mejor artista.

 

Esa es la ilusión de la música.

 

Culturas antiguas creían que el arte estaba inspirado por musas. La musa de la música que acecha en cada paso que damos escuchando esa canción que nos hace sonreír, que nos llena de energía, que nos recuerda a alguien que no está, o hace que revivamos un momento triste. Hoy en día la música está en nuestras vidas a cada paso, en la radio o hilo musical de comercios, trabajos, en el coche, en casa… En todo sitio que nuestra quería SGAE lo permite a base de talonario.

Hoy, quería dedicar mis humildes palabras a las notas que se convierten en sonrisas cada día, y nos acompañan en este #yoqueséqué que tanto mola.

 

¡Besinos de chocolate!

San Amorín

 

Todos los días se dice te quiero con miradas, con hechos, con mimos… Pero pocas veces se dice con palabras.

Hay muchas clases de te quiero.

El querer de cariño inmenso por una persona que está en tu vida y que la comparte contigo, el amigo.

El querer que no crece día a día porque ya no puede ser más grande, aunque haya momentos en los que serías capaz de estrangular, a la vez serías capaz de matar, pero por ella. Una hermana.

El querer que se siente tan adentro que no hay otro que pueda alcanzarle. A una madre y amiga, a veces hija…

El querer que trascenderá en el tiempo aunque sepa que no puedo volver a verte, a un padre.

Ese querer que inevitablemente se transforma en mimos y achuchones por momentos, y que aunque el enanito gruñón a su lado fuera eso, enano, ni todos los besos del mundo dirían lo que te quiero. Y no es un abuelo sin más, es Marruño.

También nos encontramos con ese querer sin identificar… Personas que ocupan en tu corazón un querer más fuerte que el de un gran amigo, y a la vez los sientes con ese Para Siempre que dicta una familia… Podrían llamarse “Famigos”, yo me quedo en llamarlos directamente family. Porque son mi familia elegida.

Y luego estás tú. Llegas por las buenas, como el que no quiere la cosa, y te vas haciendo sitio como la señora que va a la compra y en la cola empieza a meterse poquito a poco como quien no mira, y va colándose delante de unos y de otros con linda cara de despistada. No sé hasta dónde llegarás adelantando, pero te observaré de cerca.

Siempre he dicho que cada persona que se gana un hueco en mi corazón, nunca lo pierde. De cada uno depende hacer que el espacio crezca o se quede en un arañazo. Tengo el orgullo de poder decir que tengo más mansiones que arañazos, por muchos que sean. A todos, por comercial que sea el día de hoy, aprovecho para deciros que Os Quiero, quienes sois lo sabéis.

A quienes están, que sigáis… Y quienes se han ido “El que se fue sin ser echado, volverá sin ser llamado”, y sino…

Besinos de chocolate.